El poder de la sonrisa

Era una de esas mañanas. Me había despertado pronto para coger un vuelo a Shanghai que salia del aeropuerto Logan de Boston a las seis de la mañana. El taxista que me llevo al aeropuerto no paraba de quejarse: primero del proyecto Big Dig” y de lo que estaba complicando el trafico y rompiendo el presupuesto; a continuación, de lo terrible que era el Gobierno, y para terminar, de su ruidoso e insoportable vecino. Soy partidario de ventilar y compartir las emociones, pero eran treinta minutos intensivos de negatividad, a las 4.30 de la madrugada, cuando estaba medio dormido. Y ademas iba a pagarle.

Llegué al aeropuerto de un humor insoportable y para colmo tuve que pasar los controles de seguridad, lo cual no ayudo demasiado. Ya estaba temiéndome las próximas veinticuatro horas que iba a tener que pasar en aeropuertos y en el aire. Y entonces, la vi. Debía de tener unos cincuenta anos y era una trabajadora de una compañía aérea que salia de un avión con un carro de comida. Me miro y sonrió –una sonrisa sencilla, auténtica. Le devolví la sonrisa y me dijo: Espero que tenga un buen día Gracias a ella, lo tuve. Mi humor mejoro inmediatamente. Incluso fui capaz de reírme de mi viaje en taxi al aeropuerto. De pronto, había recuperado la ilusión por mi viaje, por encontrar me con mis amigos de China.

Puede que esa mañana no le resultara fácil sonreír -era tan temprano para ella como para mi–, y estoy seguro de que tenia buenos motivos para estar de mal humor. Aun así, eligió sonreír cambio mi día y el de otros muchos, estoy seguro. Quiero darle las gracias, aunque no sé como se llama y ni siquiera re- cuerdo el aspecto que tenia salvo por su sonrisa, que nunca. olvidaré.